Caballito Negro. Recordando a Miguel Gómez

Caballito Negro. Recordando a Miguel Gómez

CABALLITO NEGRO

¡Ay! caballito negro.

¿Dónde llevas tu jinete muerto?

Federico García Lorca.

El Negro

Maestro, perverso, genio, demonio, creador, manipulador, leyenda del teatro. Cientos de epítetos tan contrarios para rotular a Miguel Gómez, una persona que fue sencillamente un ser humano, demasiado humano.

El Negro era único e irrepetible. Un día me contó que había nacido en Pilar, hizo sus estudios primarios en la ciudad de argentina de Alberdi donde cruzaba en canoa como cientos de niños y niñas paraguayas que buscaban en esa ribera una mejor calidad de vida. Contaba que su maestra de primer grado lo llamaba chocolatín, evidentemente por su color de piel, y que este sobrenombre lo molestó por mucho tiempo hasta que se dio cuenta que era de puro cariño.

Miguel creaba su propia leyenda, en ese contexto me dijo que en su juventud ingresó a un monasterio de monjes trapenses, nunca supe si era cierto, pero lo contaba con tanta convicción que la veracidad del hecho carece de importancia.

Actor, director teatral, dramaturgo, libretista, y formador de actores, su célebre frase era no soy puestista, trabajo sobre la interpretación actoral. Y todos los actores y actrices que pasamos por sus manos sabíamos que esto era así. Escarbaba en uno para sacar la mejor interpretación posible, forzaba al máximo el potencial artístico. Nunca gritaba, o se enojaba. Se acercaba y hablaba al oído muy despacio: Sos María Estuardo, quiero que tengas una altura de 1,90. Bueno, me conformo con 1,87. Y sentaba de vuelta.

Sus puestas se caracterizaron siempre por el minimalismo, una silla, unas tarimas y algunas luces. Ambientes en penumbras, temas complejos, personajes densos. Además, era un extraordinario adaptador de obras del teatro universal. Nunca le importó la cantidad de público que asistía a las funciones, me chupa un huevo, otra de sus frases famosas. Por esta razón, no era extraño ver tres personas asistiendo a una representación en La Móvil.

La Móvil

Su amada hija fue La Móvil sala que hizo gala de su nombre porque cambió de local varias veces. Fue creada un 30 de diciembre del 2001, una tarde calurosa y entre los socios fundadores nos encontrábamos Dani Centurión, Anita Mello, Miguel y quien escribe.

En el local de La Móvil sobre Montevideo y Hernandarias se realizó el montaje de una de sus mejores puestas escénicas: Dédalo. La historia trataba de una mujer transexual, Dédalo (Silvio Rodas) ex amante de Federico García Lorca, costurera que cosía perennemente los recuerdos de épocas más felices. Era visitada por una vecina (Victoria Figueredo) y por los personajes creados por el propio Lorca; la niña (Anita Mello), la novia (Leticia Medina), la madre (Fátima Fernández), la luna (Luz Saldívar). En sus reminiscencias se presentaban, además, Federico (Rayam Mussi) y Dédalo joven (Nicolás Sosa).

De corte minimalista, obviamente, supo aprovechar los recursos del sitio, ventanas y puertas por donde trepar o entrar como si fuera el laberinto de recuerdos de la pobre Dédalo. Su vestido rojo de una cola de tres metros, las tenues luces, toda la obra transvasada por los poemas del Soneto del amor oscuro y varios versos cantados a capella por los actores y actrices crearon un drama poético impresionante. Demás decir que el trabajo de Silvio fue impecable, en cuanto a los personajes lorquianos formábamos un coro que dinamizaba la obra. Recuerdo que a Miguel le gustaban los personajes femeninos fuertes, y que las actrices tuvieran un registro de voz grave, como las cuatro la teníamos. Miguel extasiado, salía del ensayo. Se dirigía a un pasillo hacía un sonido un particular con la boca, se retorcía y volvía. Sin ánimo de herir susceptibilidades ni desmerecer otras puestas sobre Lorca, creo que la percepción sobre la producción del autor granadino, fue insuperable porque lograba encontrar la oscura belleza del dolor. La última sala de La Móvil que se ubicaba sobre Estrella y Colón se llamó Alejo Pesoa ya que los homenajes tienen que ser en vida había dicho Miguel.

Las muertes de Miguel

El Negro nunca ocultó que tenía VIH y por temporadas cerraba su local y se largaba del país. Sus ausencias prolongadas y silenciosas levantaban especulaciones de su fallecimiento. Seguidamente retornaba más esplendido que nunca.

Sin embargo, tuvo crisis a lo largo de su enfermedad donde parecía que se iba. Él solía despedirse de todos, pero cual ave fénix emergía de sus cenizas. Nobleza obliga a reconocer que la comunidad cultural y teatral siempre contribuyó solidariamente a su recuperación.

El Final

A principios del 2016, Miguel retornó al país a raíz de un ofrecimiento de un cargo público, puesto que se había establecido en Buenos Aires donde tenía un exitoso taller teatral y había llevado a cabo varias puestas. Mientras esperaba su contratación que ya era un hecho, un cuadro respiratorio lo deterioró rápidamente y una fría tarde de invierno se fue definitivamente. Fue velado en el Centro Paraguayo de Teatro, CEPATE y acompañado por todos los actores y actrices. Ese mismo año nos abandonaría otra leyenda del teatro nacional, Alejo Pesoa.

Antes de cerrar este breve recuento quisiera mencionar que Miguel contribuyó de manera muy especial a potenciar mi carrera actoral dándome protagónicos, así como a formar mi visión de directora teatral. Se extraña en demasía el teatro sombrío, profundo, intenso que no pretendía agradar al público, sino que lo invitaba a bucear en lo oscuro de su ser. Ya que si existe el día es porque hay una noche.

*Luz Saldívar. Escritora, Actriz y Directora Teatral.

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